“Alfabetizar requiere un compromiso social”
Por Rosa Bertino
Diario La Voz del
Interior
Además
de varias credenciales académicas, Leonela Relys Díaz (57) encarna la
experiencia de la cruzada alfabetizadora en la Cuba de los años ‘60. Un
cuarto de siglo después, la creadora del método de lecto-escritura “Yo
sí puedo” repitió la hazaña en Haití y en Venezuela. Hoy colabora con la
Municipalidad de Córdoba, promoviendo centros de alfabetización de
adultos en esta capital. Al cabo de una semana en Córdoba, Leonela es
sumamente optimista: “Con el vocabulario que manejan los argentinos, es
difícil que no aprendan a leer y escribir”.
–¿Cuál es el secreto de enseñar a un adulto a leer y escribir? ¿Es un
problema metodológico, o político?
–No hay que verlo como algo difícil, sino accesible. Es cuestión de
hacerlo. Desde luego, deben fijarse las políticas adecuadas. Lo
metodológico se va resolviendo sobre el terreno, ya que para eso están
los monitores. Son personas entrenadas para acompañar el proceso de
alfabetización y detectar las fallas, para corregirlas. Pero,
fundamentalmente, tiene que haber un compromiso social. Toda la sociedad
debe ser consciente de que no puede haber ciudadanos excluidos, que no
sepan leer y escribir. Esa conciencia es la principal motivación del
analfabeto.
–¿Basta con colgar un aviso para atraer a personas que no fueron o
que dejaron pronto la escuela?
–No. Como decíamos, primero tiene que estar instalada la necesidad
colectiva. Segundo, hay que buscar los carriles adecuados. El método “Yo
sí puedo” de lecto-escritura, parte de una consigna que funciona
eficazmente en lo individual. Antes de aplicarlo, se cumple una etapa de
sensibilización y exploración. El equipo estudia el terreno y observa
las características del grupo o comunidad. Donde la radio es la vía de
comunicación más importante, como ser en las zonas rurales, se trabaja
con ese medio. En las urbanas, donde hay televisión, es mejor aún,
porque ofrece la posibilidad visual. Después viene la segunda etapa, de
experimentación, donde las pruebas piloto permiten comprobar si el
método funciona. Por último se pasa a la generalización, es decir a la
mecánica de dos clases semanales, de media hora cada una. La enseñanza
debe ser atractiva, relacionada con temas que interesen verdaderamente a
los alumnos.
–Cuando ustedes alfabetizaron Cuba, hace 40 años, el único medio era
la voluntad. ¿No es ese el mejor método?
–Aquella experiencia fue excepcional. Yo tenía apenas sexto grado y me
marcó para toda la vida. Al producirse la Revolución, la mitad de la
población cubana era analfabeta, o cuasi. Se dispuso de un brigadista
por cada dos analfabetos. Vivíamos en las casas, si es que se las puede
llamar así, junto con las personas que debíamos alfabetizar. Fue una
doble experiencia. Como los índices más elevados estaban en el campo,
permitió la interrelación entre la ciudad y el campo. ¡Éramos 120 mil
alfabetizadores voluntarios, distribuidos por toda la isla! Desde
entonces, Cuba no tiene analfabetos. Probablemente ese sigue siendo el
mejor método, pero no hay que comparar cosas incomparables. Es una forma
de fabricar impedimentos. Hay que ir al lugar, detectar las necesidades
y hacer lo que corresponde.
–Décadas más tarde le tocó ir a Haití, y después a Venezuela. ¿En
cada país aprendió algo?
–Así es. Primero aprendí Historia Americana, en unas cuantas lecciones
prácticas (Risas). Después aprendí a desarrollar una técnica de
aprendizaje. El “Yo sí puedo” es el corolario de todas esas expediciones
pedagógicas. Haití es un submundo, donde los nativos se comunican en una
lengua propia, el creol, para que nadie los entienda. Es una mezcla de
francés, inglés y castellano. Ahí me percaté de que el conquistador
español fue el menos cruel. Al fin de cuentas, los hispanoamericanos
somos los que mejor nos hemos asimilado. Cuando yo estuve, en 1999, la
electricidad era una rareza. Ni pensar en lo que debe ser ahora. Allá
hay “alumbrones” en vez de apagones. Es decir que algunas veces hay luz.
Tuvimos que alfabetizar a través de la radio (batería es palabra
corriente en Haití), y con cartillas muy pequeñas y económicas. Logramos
alfabetizar a 150 mil personas y, lo que es más importante, capacitar a
más de 15 mil haitianos para que continúen con la tarea. Al lado de esa,
la experiencia en Venezuela fue un viaje de placer. Allí empezamos a
implementar el método por televisión.
–¿El “Yo sí puedo” es un método únicamente a distancia?
–Es semipresencial. Lo que se entiende como educación a distancia
demanda mucha autodisciplina. En el caso de la alfabetización de
adultos, se trabaja con clases grabadas pero impartidas por un
facilitador, que no necesariamente debe ser un docente. El facilitador
se encarga de contextualizar la enseñanza. Tiene las cartillas y las
lecciones, pero va viendo hacia dónde se orienta la clase. Desde luego,
se trata de educación no formal. Las clases se pueden dar en cualquier
parte. En una casa, en el club, en la parroquia, donde haya poder previo
de convocatoria. Soy muy optimista, con respecto a Córdoba. Varios
Centros de Participación Comunal (CPC) funcionan muy bien. Ya eran un
punto de reunión, con lo cual se gana mucho tiempo y espacio.
VISIÓN DE AFUERA
–¿Cómo ve a los argentinos, y a los cordobeses, en la erradicación
del analfabetismo?
–Revertir esta situación tiene que ser algo fácil. Cada vez que estoy
con un argentino, y veo su capacidad de comunicarse y el vocabulario que
maneja, no puedo entender que haya gente que no sabe leer y escribir. El
aislamiento es una de las causas principales del analfabetismo. No es el
caso de ustedes, aunque sea una persona que está social o
geográficamente alejada. Pero en Argentina hay pocos analfabetos
totales; más bien son parciales o funcionales, como se los llama ahora.
–¿Podría dejarnos algunas máximas alfabetizadoras?
–1) Todo se debe contextualizar. Es decir, que se debe aplicar de
acuerdo al contexto o entorno. Si un método es inflexible, no es un
método. 2) Todo sistema debe trabajar sobre la realidad del educando. Si
la televisión es su medio de relación con el mundo, hay que
aprovecharla, formando un telespectador activo. 3) Las clases no pueden
durar más de media hora, en lo posible dos veces por día. 4) El trabajo
en la cartilla (los “deberes” o “tareas”) deben realizarse
simultáneamente. 5) El alfabetizador no puede permitirse el
aburrimiento. En realidad, la máxima número uno es que retener al alumno
es mucho más difícil que captarlo.
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"Un programa cubano destinado a poner fin al analfabetismo en América Latina"
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